Jacques Derrida
Traducción de Mariel Rodés de Clérico y Wellington Neira Blanco en AA. VV., Diseminario. La descontrucción, otro descubrimiento de América, XYZ Editores, Montevideo, 1987, pp. 49-106. Edición digital de Derrida en castellano.
Extraña proposición. Acabamos de decir que toda invención tiende a desarreglar el estatuto y quisiéramos asignarle el momento en el cual ella tiene lugar. Decimos ahora que se trata para la desconstrucción, de acusar el estatuto tradicional de la invención misma. Qué hay que decir?.
¿Qué es una “invención”?. ¿Qué hace?. Viene a encontrar por primera vez. Todo el equívoco se vuelca sobre la palabra “encontrar”. Encontrar es inventar cuando la experiencia de encontrar tiene lugar por primera vez. Evento sin precedente cuya novedad puede ser o bien de la cosa encontrada (inventada), (por ejemplo, un dispositivo técnico que no existía antes: la imprenta, una vacuna, una forma musical, una institución -buena o mala-, etc.); o bien el acto y no el objeto, el objeto de “encontrar” o de “descubrir” (por ejemplo un sentido ahora envejecido, la Invención de la Cruz[vi]) o la Invención del Cuerpo de San Marcos del Tintoreto.) Pero en los dos casos, según los dos puntos de vista (objeto o acto), la invención no crea una existencia o un mundo como conjunto de los existentes. No tiene el sentido teológico de una creación de la existencia como tal ex-nihilo. Descubre por primera vez, devela lo que ya se encontraba allí, o produce lo que, en tanto que tekhné, no se encontraba ciertamente ahí y no es por lo tanto creada, en el sentido fuerte de la palabra, solamente agenciada a partir de una reserva de elementos existentes y disponibles, dentro de una configuración dada. Esta configuración, esta totalidad ordenada que hace posible una invención y su legitimación, plantea todos los problemas que ustedes saben y que se denominan totalidad cultural, Weltanschauung, época, episteme, paradigma, etc. Sea cual sea la importancia de estos problemas, y su dificultad, reclaman todos una elucidación de lo que inventar quiere decir o lo que implica. En todo caso la Fábula de Ponge no crea nada, en el sentido teológico del término (por lo menos en apariencia), no inventa más que recurriendo a un léxico y a reglas sintácticas, a un código en vigencia a convenciones a las cuates se somete de una cierta manera. Pero da lugar a un evento, cuenta una historia ficticia y produce una máquina introduciendo una desviación en el uso habitual del discurso, despistando en cierta medida el hábito de espera y recepción del cual tiene, sin embargo, necesidad; la fábula forma un comienzo y habla de este comienzo, y en este doble gesto indivisible, inaugura. Es ahí que residen esta singularidad y esta novedad sin las cuales no habría invención.
En todos los casos y a través de todos los desplazamientos semánticos de la palabra “invención”, esta permanece en venir, el evento de una novedad que debe sorprender puesto que en el momento en el que sobreviene, un estatuto no podía ser detenido para esperarla y reducirla al mismo.
Pero esta aparición de lo nuevo debe ser debido a una operación del sujeto humano. La invención vuelve siempre al hombre como sujeto[vii]. He aquí una determinación de gran estabilidad, una casi-invariante semántica que deberemos tener en cuenta rigurosamente.
Cualquiera sea la historia o la polisemia del concepto de invención en tanto que se inscriba en la dependencia[viii] de la latinidad, incluso si no está en la propia lengua latina, nunca, me parece, se ha autorizado a hablar de invención sin implicar allí la iniciativa técnica de lo que se llama el hombre.[ix] El hombre él mismo, y el mundo humano, se define por la actitud de inventar, en el doble sentido de la ficción narrativa o de la fábula historiante y de la innovación técnica o tecno-epistémica (incluso yo digo tekhné y fábula, digo aquí el lazo entre historia y episteme). Nunca se ha autorizado (de ahí el estatuto y la convención) a decir de Dios que inventa, incluso si su creación -se ha pensado- funda y garantiza la invención de los hombres; nunca se ha autorizado a decir del animal que inventa, incluso si su producción y su manipulación de instrumentos se parece, a veces se dice, a la invención de los hombres. Por el contrario los hombres pueden inventar dioses, animales, y sobre todo animales divinos.
Esta dimensión tecno-epistemo-antropocéntrica inscribe el valor de invención (entiéndase en su uso dominante y regulado por convenciones) en el conjunto de las estructuras que ligan, de una manera diferenciada, técnica y humanismo metafísico. Si es necesario hoy reinventar la invención, será a través de las preguntas y de las performances descontructivas que nos llevan a este valor tradicional o dominante de la invención, que también nos lleva a su estatuto mismo y a su historia enigmática que liga, en un sistema de convenciones, una metafísica a la tecno-ciencia y al humanismo.
Alejémonos un poco de estas proposiciones generales, volvamos a la cuestión del estatuto. Si una invención parece sorprender o perturbar, las condiciones estatutarias, es muy necesario que ella implique o produzca otras condiciones estatutarias, no solamente para ser reconocida, identificada, legitimada, institucionalizada como tal (certificada, se podría decir) sino incluso para producirse, digamos para sobrevenir. Y ahí se sitúa el enorme debate que no es solamente el de los historiadores de las ciencias o de las ideas en general, alrededor de las condiciones de emergencia y de legitimación de las invenciones. ¿Cómo recortar y cómo nombrar estos conjuntos contextuales que vuelven posible y aceptable tal invención -desde el momento en que esta a su vez debe modificar la estructura de este contexto mismo?.
Ahí todavía debo contentarme con situar tantas discusiones que se han desarrollado en el curso de estos últimos decenios alrededor del “paradigma”, del “episteme” del “corte epistemológico” o de los “themata”. Por más inventiva que sea, y para serlo, la Fábula de Ponge, como toda fábula, requiere reglas lingüísticas, modos sociales de lectura y de recepción, un estado de las competencias, una configuración histórica del campo poético y de la tradición literaria, etc.
¿Qué es un estatuto?. Como “invención”, el vocablo “estatuto” y no es insignificante, se determina primeramente en el código latino del derecho y también de la retórica jurídico-política. Antes de pertenecer a este código designa la estancia o la estación de lo que, dirigiéndose de manera estable, (se) mantiene de pie, estabiliza o se estabiliza. En este sentido es esencialmente institucional. Define prescribiendo, determina según el concepto y la lengua lo que es estabilizable bajo forma institucional, en el interior de un sistema y de un orden que son los de una sociedad, de una cultura y de una ley humanas, incluso si esta humanidad se piensa a partir de otra cosa que ella misma, por ejemplo Dios. Un estatuto es siempre humano, siendo tal, no puede ser animal o teológico. Como la invención, lo decíamos hace un momento. Vemos pues afilarse la paradoja: toda invención debería burlarse del estatuto pero no hay invención sin estatuto. En todo caso ni la invención ni el estatuto pertenecen a la naturaleza, en el sentido corriente de este término, es decir en el sentido estatutariamente instituido por la tradición dominante de la metafísica.
¿Qué nos preguntamos cuando nos interrogamos sobre el estatuto de la invención?. Nos preguntamos desde el principio qué es una invención, y qué concepto conviene a su esencia. Más precisamente, nos interrogamos sobre la esencia que otorgamos para reconocerla, cuál es el concepto garantido, el concepto tenido por legítimo con respecto a ella. Este momento de reconocimiento es esencial para poder pasar de la esencia al estatuto. El estatuto, es la esencia considerada como estable, fijada y legitimada por un orden social o simbólico en un código, un discurso y un texto institucionalizables. El momento propio del estatuto es social y discursivo, supone que un grupo se entiende para decir, por un contrato al menos implícito: 1. la invención en general al ser esto o aquello, al reconocerse tales criterios y disponiendo de tal estatuto, muy bien, 2. este acontecimiento singular es exactamente una invención, tal individuo o tal grupo merece perfectamente el estatuto de inventor, habrá tenido una invención. Puede así tomar la forma de un premio Goncourt o de un premio Nobel.
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