«Una conversación llamada Rayuela»
Publicado por jorge fraga en viernes, marzo 11, 2011 Etiquetas: Fredi Guthmann, Luis Harss, Rayuela, Teoría del Entusiasmo, Trompeta de Deyá
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1. Diálogos en una burbuja
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Resulta bien conocido el artículo de Mario Vargas Llosa titulado “La trompeta de Deyá”, donde se recuerda la figura de Julio Cortázar siete años después de su muerte. Ese texto fue publicado originalmente por el diario El País, el 28 de julio de 1991, y después ha sido reeditado diversas veces. Poco se ha observado, sin embargo, la conexión existente entre lo que ese artículo dice sobre la personalidad de Cortázar, por un lado, y ciertas cuestiones relacionados con su obra – con Rayuela, en particular-, por el otro.
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Lo que quiero destacar en el testimonio del narrador arequipeño es cierto aspecto de la relación entre Cortázar y su primera mujer, Aurora Bernárdez: concretamente, la particular dinámica de sus diálogos. Vargas Llosa comenta, casi al principio de su escrito, la impresión que le causaron en su momento esas brillantes conversaciones:
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nunca dejé de maravillarme con el espectáculo que significaba ver y oír conversar a Aurora y Julio, en tándem. Todos los demás parecíamos sobrar. Todo lo que decían era inteligente, culto, divertido, vital. Muchas veces pensé: "No pueden ser siempre así. Esas conversaciones las ensayan, en casa, para deslumbrar luego a los interlocutores con las anécdotas inusitadas, las citas brillantísimas, las bromas que, en el momento oportuno, descargan el clima intelectual".
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En mi opinión, esta situación dialógica que se describe en “La trompeta de Deyá” viene a ser un precedente y un modelo de lo que debería ser la relación de un auténtico lector cómplice con el mayor libro de Cortázar -un tándem erudito, ágil, divertido, y también, last but not least, excluyente-, siempre que el primero quiera hacer justicia a los deseos del segundo. ¿Acaso no es eso lo que Rayuela, con su sobreabundancia de citas, con sus constantes menciones y referencias a todo tipo de obras, autores y personajes diversos, demanda de su lector? A saber: un nivel cultural muy elevado… y también, quizá, algo más. Por supuesto, se puede afrontar una lectura del libro sin esa erudición; y sin embargo, para una completa inteligencia del mismo, resulta necesario compartir el conocimiento sobre tales citas. Esto no es nada nuevo, evidentemente, puesto que de algún modo ya forma parte de los planteamientos teóricos que se exponen en la obra. Pero lo mismo sucede con el requisito de ese algo más: no es imprescindible para leer la obra, aunque su falta supone un grave perjuicio para su completa comprensión. Y ese “algo más” sí puede conducirnos hacia algo no dicho hasta ahora: la definición del perfecto lector cómplice de Rayuela.
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Vayamos por partes. Tras el párrafo arriba transcrito, Vargas Llosa continúa así su descripción:
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Se pasaban los temas el uno al otro como dos consumados acróbatas y con ellos uno no se aburría nunca. La perfecta complicidad, la secreta Inteligencia que parecía unirlos era algo que yo admiraba y envidiaba en la pareja tanto como su simpatía
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Aquí aparece una palabra clave: “complicidad”. Cortázar y su mujer eran cómplices en esa dinámica, y no sólo en función de su intimidad conyugal, sino también en función del dominio absoluto que poseían –un dominio acrobático, dice Vargas Llosa- sobre los temas que trataban. Ese matrimonio unía a dos personas con un nivel cultural excepcional: Julio, amén de poeta, ensayista y narrador, era un inveterado lector; y a su vez, Aurora, traductora de obras literarias de renombre, no se quedaba atrás en su cultura libresca y artística. “Era difícil determinar –continúa el artículo, un poco más adelante- quién había leído más y mejor, y cuál de los dos decía cosas más agudas e inesperadas sobre libros y autores”. Así pues, ambos eran voraces y expertos consumidores de literatura; y este dato es fundamental, pues esa complicidad que señala Vargas Llosa únicamente podía darse entre iguales.
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La conexión de todo esto con lo que describe Vargas Llosa en su artículo es evidente. En los tres fragmentos de Cortázar podemos ver, concentrados en unas pocas líneas, exactamente los mismos elementos que aparecían descritos en el artículo del escritor arequipeño: se nos habla de un diálogo preñado de erudición; se pone en escena un juego acrobático de conocimiento asociativo; se postula, asimismo, una comunicación entre «seres afines»; nuevamente, se muestra el carácter excluyente de esa clase de diálogo; y, finalmente, se subraya también el carácter placentero de ese tipo de intercambio (“divertido, vital”, decía Vargas Llosa).
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Esos mismos elementos, que ahí aparecen expresamente señalados, dichos, son también mostrados repetidamente a lo largo del libro. En la primera parte del libro, sazonan buena parte de las charlas del Club. Todos sus componentes cumplen con unos mismos atributos, que son precisamente los que les permiten sostener esa clase de diálogos: una formación cultural amplia, unos intereses comunes, un nivel de ingenio semejante… Con lo cual sus conversaciones generan siempre un clima particularmente elevado, en el que no puede entrar cualquiera. Y eso mismo cabría decir, punto por punto, de las charlas que sostienen entre sí Horacio, Traveler y Talita, en “El lado de acá”. El universo ficticio de la obra está repleto de esa clase de comunicación.
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Con el Rayuela insólito ya no sirve el viejo lema de Juan Cruz, “Hay que leer a Cortázar”, que queda reservado a los lectores pasivos; aquí el lema debería ser: “Hay que conversar (y sui generis, además) con Cortázar”. Ante el difícil y complejo texto de Rayuela, el lector debería ejercer como compañero de los juegos asociativos de Cortázar, tal que un nuevo avatar de Aurora Bernárdez. Para llegar al libro insólito, el lector cómplice tiene que elevarse hasta llegar a la condición de igual, de par literario y cultural del autor. Pero para involucrarse en esa exigente conversación, la mera erudición no es suficiente, ya que si así fuera, sus críticos más cultos e informados ya hubieran percibido la existencia del libro insólito. Con la erudición no basta: también hace falta, definitivamente, “algo más”.
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“Esa aptitud” alude a una predisposición especial de la conciencia de los interlocutores que participan en el juego. Y es que se precisa de una capacidad gnoseológica especial para poner en relación los distintos ámbitos sacados a colación en el contexto de esos diálogos privativos. Se trata de una “aptitud” definitoria de ciertos estados de conciencia que se caracterizan por elevar la capacidad intelectiva de los sujetos, favoreciendo el establecimiento de conexiones analógicas, y de los que ya hemos hablado anteriormente en las páginas de este blog: el enamoramiento, el sueño, la visión… Y, por supuesto, el entusiasmo.
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El entusiasmo supone un cambio de velocidad o de intensidad mentales con respecto al estado ordinario de conciencia, lo que permite crear y aprehender rápidas conexiones –fulminantes, sería la palabra- entre campos aparentemente distantes. En otras palabras: incrementa la capacidad asociativa y la imaginación de quien lo disfruta. En el tipo de conversación que estamos analizando, sea a la escala que sea, no se trata de poseer tan sólo un determinado conocimiento, sino de también la capacidad de manejarlo con desparpajo, con una absoluta soltura. Ambos elementos, la erudición y ese “algo más” aportado por el entusiasmo, son los ingredientes básicos: Por un lado, la coincidencia de inquietudes y de intereses hacia unos mismos asuntos u objetos deviene un ingrediente esencial del entusiasmo compartido, que resulta así retroalimentado por la propia dinámica de la conversación. Por el otro, es el entusiasmo lo que genera la burbuja gnoseológica, y es también lo que confiere la capacidad de atravesarla y de habitar en ella, como participante activo, a todo aquel que desee sumarse al diálogo.
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Así pues, el carácter privativo de tales diálogos proviene en gran parte de la entrada conjunta de los interlocutores en un estado no ordinario de conciencia. Para participar en las conversaciones retratadas en “La trompeta de Deyá”, para participar en las charlas del Club de la Serpiente, y para leer el Rayuela insólito, hay que cambiar de nivel. Cortázar lo hacía, en su momento, con su célebre y misterioso swing; y el lector cómplice, en el turno de palabra que le corresponde en esa conversación, debería hacerlo mediante el entusiasmo. El entusiasmo es condición sine qua non para acceder al Rayuela insólito; su presencia o su ausencia son lo que determinan que el libro pueda mostrarse bien como una novela –así se muestra Rayuela para los ajenos a ese tipo de diálogo-, bien como algo distinto, como un libro insólito –para quienes logran acceder a ese estado alterado, a esa esfera hecha de conocimiento compartido, ingenio mental y gran capacidad asociativa-. Para llegar hasta el Rayuela insólito sólo hay un camino: hay que conversar –erudita, entusiastamente- con Cortázar.
«Una conversación llamada Rayuela»
Publicado por jorge fraga en viernes, marzo 11, 2011 Etiquetas: Fredi Guthmann, Luis Harss, Rayuela, Teoría del Entusiasmo, Trompeta de Deyá
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(El título extraído está extraído de un comentario
de Mario César Ingénito, Ingeneratus)
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