domingo, 16 de outubro de 2016
EL CAMPESINO CIEGO
Caminábamos despacito con el ciego; sólo hacíamos de diez a quince verstas por día, y el resto del tiempo lo pasábamos sentados en lugares solitarios y leíamos la Filocalía. Le leí todo lo que tiene relación con la oración del corazón, siguiendo el orden indicado por mi starets, es decir comenzando por los libros de Nicéforo el Monje, de Gregorio el Sinaíta, etc. ¡Qué atención y qué fervor ponía en escuchar estas cosas! ¡Cómo le emocionaban y le llenaban de felicidad! En seguida comenzó a hacerme tales preguntas sobre la oración que mi espíritu no encontraba ciencia suficiente para resolvérselas.
Después de haber escuchado mi lectura, el ciego me pidió que le enseñase un medio práctico de encontrar el corazón por medio del espíritu, de introducir en él el divino nombre de Jesucristo, y de orar así interiormente con el corazón. Yo le dije:
-Indudablemente, tú no ves; pero por la inteligencia puedes representarte las cosas que antes has visto: un hombre, un objeto o uno de tus miembros, tu brazo o tu pierna. ¿Puedes imaginarlo con la misma claridad que si lo vieras, y te es posible, aunque ciego, dirigir a él tu mirada?
-Sí puedo -respondió.
-Entonces, represéntate así tu corazón, vuelve tus ojos como si lo miraras a través de tu pecho y escucha con tus oídos cómo trabaja, latiendo rítmicamente. Cuando te hayas acostumbrado a esto, esfuérzate por ajustar a cada latido de tu corazón sin perderlo de vista, las palabras de la oración. Es decir, al primer latido di o piensa Señor; al segundo, Jesú…; al tercero, cristo; al cuarto, tened piedad; al quinto, de mí; y repite con frecuencia este ejercicio. Esto te será fácil porque ya estás preparado para la oración del corazón. Después, cuando ya estés habituado a esta actividad, comienza a introducir en tu corazón la oración de Jesús y a hacerla salir al mismo tiempo que la respiración; es decir, al inspirar el aire di o piensa: Señor Jesucristo, y al espirarlo: Tened piedad de mí. Si lo haces así a menudo y durante mucho tiempo, pronto notarás un ligero dolor en el corazón, y luego se producirá en él un calor vivificante. Con la ayuda de Dios, llegarás así a la acción constante de la oración en el interior del corazón. Pero sobre todo guárdate de cualquier representación o imagen que brote en tu espíritu mientras estés orando. Rechaza todas las imaginaciones, ya que los Padres nos ordenan, para no caer en ilusiones, que guardemos el espíritu libre y vacío de toda forma durante la oración.
El Nessy
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