Si lo que afirma Heidegger en Ser y tiempo sobre la destrucción de la historia de la ontología es verdad, tendremos que convenir en que el filósofo debería desconfiar de todo horizonte de acción particular en el que no exista todavía una funda-mentación pensante. Allí donde no hay aún un esfuerzo riguroso de pensamiento que permita afirmaciones verdaderamente sólidas, por estar basadas en una destrucción de los prejuicios que operan necesariamente en el mundo de la opinión común, el filósofo tiene que tomar distancia, pues de otro modo corre el riesgo de avalar afirmaciones apresuradas y de ceder ante la doxa, que es precisamente el ámbito de donde él debería querer salir. Y la política, en cuanto actividad que tiene lugar precisamente en este territorio, es lo que mejor podría ilustrar estos peligros, pues ella se mueve justamente en el paisaje de lo particular, y de lo público y masivo. La política, en cuanto acción que es sostenida por movimientos masivos, actúa siempre en el terreno de la apariencia y es precisamente una de las instancias más poderosas de este reino, de ahí su necesaria vinculación con la publicidad. Por lo tanto, entrar en el terreno de la política es necesariamente entrar en el suelo de lo no filosófico, de los partidismos, de lo apariencial, donde domina el "uno" (Das Man), donde se especula sobre la base de las habladurías y donde nada es tal como se dice que es, o tal como aparece que es. Nietzsche es sin lugar a dudas quien mejor describió en su Zaratustra estas relaciones: ''Donde cesa la soledad, allí comienza el mercado y donde comienza el mercado, allí comienza también el ruido de los grandes comediantes y el zumbido de las moscas venenosas'" (WDB, II, p. 316). La filosofía no tiene nada que ver con el mercado y si Heidegger entró en este juego de la política lo hizo traicionando su vocación de filósofo.
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Lo "positivo" del nazismo en el orden político social era que al basar la coherencia de la nación en el pueblo (Volk), este movimiento respondía a la tendencia al desarraigo que conlleva el nihilismo y la técnica, y que Heidegger en toda su trayectoria de pensamiento ha visto como un fenómeno altamente peligroso. Él pensó que podía aprovechar esta idea que a él le parecía ir en el sentido correcto y encauzarla también hacia una recuperación de la universidad, sobre la base de una asunción radical del inicio griego. De este modo, el movimiento político, que tanto éxito tenía en ese momento en Alemania, podría servir también para que la universidad volviera a adentrarse en su propia esencia. Así, el nihilismo desagregador, cuyas consecuencias negativas se veían tanto en la sociedad, como en la universidad, parecía encontrar una respuesta adecuada en el nazismo, en la medida en que este se apartara de sus pronunciamientos más peligrosos, como el exagerado antisemitismo o la demagogia verbal de sus dirigentes.
Eduardo Carrasco Pirard
Universidad de Chile
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