terça-feira, 3 de janeiro de 2017

EL ‘TRATAMIENTO’ DEL TEXTO

Jacques Derrida

Entrevista con Béatrice y Louis Seguin, La quinzaine littéraire, 698, agosto, 1996, pp. 4-7, traducción de R. Ibáñez y M. J. Pozo en No escribo sin luz artificial, cuatro ediciones, Valladolid, 1999. Edición digital de Derrida en castellano.

Cuando un escritor escribe un texto, éste pasa por toda una serie de intermediarios. Primero estaba, y sigue estando para muchos, la escritura manual, a continuación, la mecanografía, luego las pruebas, las primeras y las segundas, después la publicación del libro, y cada vez, salvo al final, existe la posibilidad de hacer modificaciones, posibilidad de corrección, posibilidad de volver atrás. Con el «tratamiento de textos» también existe esa posibilidad de volver, pero en este caso, la posibilidad es inmediata. No se hace ya por etapas. 

Son otros tiempos, es otro ritmo. En primer lugar, se corrige más deprisa y de forma casi indefinida. Antes tras cierto número de versiones (correcciones, tachaduras, pegaduras, pasta blanca), todo concluía, era suficiente. No es que el texto se considerase como perfecto, pero a partir de determinada duración de la metamorfosis, el proceso se interrumpía. Con el ordenador, todo es tan rápido y tan fácil que se está dispuesto a creer que la revisión puede ser indefinida. Una revisión interminable, un análisis infinito se anuncia ya, como guardado en reserva, detrás del análisis finito de todo lo que está en pantalla. En cualquier caso, puede prolongarse de forma más intensa en el mismo tiempo. En ese mismo tiempo ya no queda una mínima huella visible u objetiva de las correcciones de la víspera. Todo, el pasado y el presente, todo se halla encerrado para siempre. Antes, las tachaduras y las enmiendas dejaban una especie de cicatriz en el papel o una imagen visible de la memoria, había una resistencia del tiempo, un espesor en la duración de la tachadura. En lo sucesivo, el negativo se ahoga, se borra, se evapora inmediatamente, a veces en un instante. Es otra experiencia de la llamada memoria «inmediata» y del paso de la memoria al archivo. Otra provocación a lo que se llama la «crítica genética» que se ha desarrollado en torno a los borradores, a las versiones múltiples, a las pruebas, etc.

Esto, en resumidas cuentas, resulta demasiado fácil. La resistencia, porque en el fondo siempre hay resistencia, ya no tiene la misma forma. Da la impresión de que desde ahora existe un teatro que programa o que pone en escena esta resistencia, es decir, también la copia, la orden de cambiar, la de tachar, la de corregir, la de enmendar o la de borrar. Es como si, inmediatamente, el texto se nos presentase a modo de espectáculo en la pantalla. Vemos cómo se monta este espectáculo en la pantalla, de forma más objetiva y anónima que en una página escrita a mano, una página que «descendería» ante nosotros. De abajo arriba, las cosas se desarrollan así: este espectáculo está casi encima de nosotros, vemos cómo nos ve, cómo nos vigila, igual que el ojo del Otro, o más bien simultáneamente. Está también bajo el ojo del extraño sin nombre cuya vigilancia y espectro convoca inmediatamente. Nos reenvía mucho más deprisa la objetividad del texto y cambia así nuestra experiencia del tiempo, del cuerpo, de los brazos y de las manos, nuestra captación a distancia de la cosa escrita, que se convierte en algo más próximo y más lejano a la vez. Se presenta entonces otro alejamiento, con lo que quiero decir un «no-alejamiento», un distanciamiento de lo lejano. Otro alejamiento, por tanto, que supongo que altera cada signo. Esto no significa que pervierta o degrade el signo sino que hace que nuestra explicación sea «distinta» a la de ayer, distinto nuestro altercado familiar, nuestra escena de familia, si así puede decirse, a la llegada de la cosa escrita. No sabría precisar ahora en qué cambia esta hospitalidad. Es diferente cada vez y para cada uno de nosotros. 


Se habla de «tratamiento de textos». No es del todo inocente hablar de «tratamiento». 

 Existen todos estos dispositivos de ahorro para el acabado o el pulido: el juego de itálicas, el recorte de los párrafos, las intervenciones directas en la estadística del léxico, por así decir, en la indicación de los distintos apartados. Utilizo desde hace poco el control mecánico de la ortografía y de las erratas. Es también instructivo: ¿Cuáles son las palabras que no se consideran normales o de uso aceptable en francés y que hoy siguen censuradas por el diccionario corriente incorporado a la máquina, lo mismo que por un determinado público lector, por un determinado poder mediático, por ejemplo?

Hacía usted alusión a los tiempos de las pruebas. Echo un poco de menos la duración, los intervalos, el ritmo que medía antes la historia de un escrito, todas las idas y venidas antes de la publicación. Era también la química de una maduración consciente o inconsciente, la posibilidad de cambios en nosotros mismos, en nuestro deseo, en el cuerpo a cuerpo con nuestro propio texto en las manos del otro. 


 Lo único que existe ya es el texto. 

El movimiento es aparentemente contradictorio: más lúcido, más atento, pero también más fantasmal o más onírico. El ordenador crea un nuevo lugar: en él se está más fácilmente proyectado hacia el exterior, hacia el espectáculo, hacia la cara del escrito arrancado así de la presunta intimidad de la escritura, conforme a una trayectoria de extrañamiento. Inversamente, debido a la fluidez plástica de las formas, a su flujo continuo, a su cuasi-impermeabilidad, también se está cada vez más resguardado en una especie de asilo protector. Ya no existe el exterior. O mejor dicho, en esta nueva experiencia de la reflexión especular, «hay más exterior» y a la vez ya no hay exterior. Uno se ve sin verse envuelto en la espiral de ese fuera / dentro, arrastrado por otra puerta giratoria del inconsciente, expuesto a otra llegada del otro. Esto se hace particularmente notable en la «web» , esa «tela», ese www (world wide web) que una red de ordenadores teje alrededor de nosotros, a lo largo del mundo, pero alrededor de nosotros en nosotros. Tengamos presente la «adición / adicción» de todos aquellos que viajan día y noche en la «dicción» silenciosa de ese www. No pueden ya prescindir de las travesías a vela y en vela por el mundo -ni del velo que, a su vez, les atraviesa o les recorre.


¿Con el ordenador, el tratamiento de textos, la inmediatez de la pantalla, no nos enfrentamos a un texto sin fin, indefinido? 

Probablemente. Esto también lo podemos presentir. Incluso se convertirá en un fetiche el ordenador del «gran escritor» o del «gran pensador», como ha sucedido con la máquina de escribir de Nietzsche. Ninguna historia de las tecnologías ha olvidado esa fotografía de la máquina de escribir de Nietzsche. Por el contrario, cada vez es más valiosa, más sublime, más protegida por un nuevo aura, el aura de los medios de «reproductibilidad técnica», esta vez; y esto no tiene por qué contradecir necesariamente la teoría que sobre ello propuso Benjamin.  La pulsión fetichista, por definición, no tiene límite, no cesará nunca.


Podríamos decir que el texto que aparece en la pantalla es un texto fantasmal.

La imagen del texto «tratado» en ordenador es fantasmal en la medida en que es menos corpórea, más «espiritual», más etérea. Se produce en ella como una desencarnación del texto. Pero la silueta espectral permanece, y además, para la mayoría de los intelectuales y de los escritores, el programa, el logiciel [software] de las máquinas se somete todavía al modelo espectral del libro. Todo lo que aparece en la pantalla se dispone con vistas a un libro:  todo esto nos está alejando tal vez demasiado del tratamiento de texto, aun cuando, en cierto modo, prolonga su problemática. 

Respecto a la preocupación por saber cómo afecta todo esto a la filosofía, y no solamente (poco importa, desde luego) a mi trabajo, me pregunto continuamente cómo hubieran reaccionado Platón, Descartes, Hegel, Nietzsche o el mismo Heidegger (que en el fondo conoció el ordenador sin conocerlo), si se hubiesen topado con este «artilugio» , no sólo como un instrumento disponible sino también como tema de reflexión. Desde Pascal, Descartes, Leibniz, a Heidegger, pasando por Hegel, los filósofos, sin duda, han meditado sobre la máquina de calcular, la máquina de pensar, la máquina de traducir, la formalización en general, etc. Pero ¿cómo hubieran interpretado ellos una cultura que tiende a ser dominada en su misma cotidianeidad, a través de todo el universo, por semejantes dispositivos técnicos de inscripción y de archivo? Pues se trata de las relaciones del pensamiento con la «imagen», con el lenguaje, con la idea, con el archivamiento, con el simulacro, con la representación. 

¿Cómo hubiera debido escribir Platón lo que llamamos el «mito de la caverna» para tener en cuenta esas transformaciones? ¿Habría tenido que cambiar solamente la retórica de su pedagogía o debería haber organizado de otra forma la estructura ontológica de las relaciones entre las ideas, las copias, los simulacros, el pensamiento, el lenguaje, etc.?


Jacques Derrida
1996


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