domingo, 24 de julho de 2016

El Centro del Infierno (H.A.Mureña)

 
El Centro del Infierno (H.A.Mureña)
T.

Está echado boca arriba, cubierto con una túnica de color rosa muy tenue, está inmóvil, el vientre desmesuradamente hinchado, sin duda a causa de la larga permanencia en la misma posición; mantiene los ojos casi siempre cerrados, pero al anochecer los abre, negros, con una chispa en el medio, de fijeza irreal increíble: un largo aprendizaje debe haber tras esa cautela que hace que no los desvíe hacia lado alguno. Porque el recinto en que yace se halla invadido por una bruma blanquecina y húmeda, a causa de la cual mana de toda cosa un abundante sudor frío y resulta imposible distinguir los confines del lugar; pero, no obstante, la bruma permite ver sombras que se mueven en torno al condenado, formas negras, más grandes que un hombre, a veces quietas, velludas, arañas, tarántulas gigantescas, se cree.

Con los ojos abiertos, con los ojos cerrados, bajo la escolta de sus negras compañeras, sueña, esto es, en su presente infinito —en esa condición desde la que por fin advierte que tanto tarda en caer a tierra el pétalo de una rosa como una existencia humana en transcurrir o una estrella en apagarse, en ese estado en el que comprende que todos los siglos pasados, presentes y futuros son una sola, efímera chispa—, vuelve a vivir, fantasiosa, terroríficamente, algunos de los instantes que ahora se agolpan en tropel contra él, pero que en este mundo, convertidos en actos o peligrosas larvas de actos, guardando una sucesión qu e parecía un orden, compusieron el fuego para su eternidad.

..
¿Qué es la humanidad, qué es el reino de otro mundo?, le dijo. Fantasías, fantasmas, vacuas generalidades. La humanidad soy yo, y aquél y aquel otro que te siguen, aquellos a quienes piensas abandonar a mano de los verdugos; el otro mundo más valdría que se hiciese sentir un poco aquí abajo. En cada oportunidad le lanzó una mirada excesivamente dura, acaso excesivamente tierna, le contestó con el silencio. ¿Será el Dios? Nunca lo creyó ni dejó de creerlo. Por lo demás, ¡tanto importa! Mientras esté en la Tierra como hombre, ese relámpago debe servir al hombre.

...

Clama, calla, vuelve a clamar, con una fuerza que haría estremecer las paredes, si esas paredes pudieran estremecerse. Después se reanuda el silencio. que parecería no haber sido interrumpido jamás.

Es que, otra vez, sueña, mientras las oscuras formas retoman su ronda, cede nuevamente a las llamas de su éxtasis.

Por fin, por fin entiende, estalla en su cerebro la luz prodigiosa, se multiplica en otros estallidos igualmente esclarecedores, después de tanta penuria de vida crasamente material, después de obedecer a ciegas en la noche de lo que no era fe sino credulidad, entiende.

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