segunda-feira, 25 de julho de 2016

Escribir rasgando la tierra.

 
Escribir rasgando la tierra.
Diego Poggiese

Un desierto para la nación. La escritura del vacío, de Fermín Rodríguez, Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2010.
Una escena de Hero de Zhang Yimou: bajo una lluvia de flechas del poderoso ejército del rey de Qin, el invencible guerrero Espada Rota traza en la arena el ideograma de la palabra "espada". Existen veinte variantes para la palabra: conocer las inflexiones de la escritura es dominar el poder del arma. El arte de la espada y el de la pluma son análogos. Sobre arena, el guerrero ensaya la variante veintiuno: escribe y borra antes de encontrar la expresión que fija sobre la tela. Las flechas del rey de Qin, mientras tanto, reescriben las fronteras de los pequeños reinos que subsumirá bajo su futuro imperio.
Fermín A. Rodríguez publica Un desierto para la nación. La escritura del vacío, en la editorial Eterna Cadencia. Un volumen complejo que revisa las escrituras que construyen la geografía imaginaria del desierto argentino. Desde una perspectiva deleuziana, trata de reconstruir una cartografía de las escrituras en la que se piensa el desierto como “un artefacto discursivo que provee las imágenes en torno a las cuales se hace, se deshace y se rehace el sentido vacío de lo argentino”. Se trata de la reconstrucción de un relato a muchas voces que sobredimensiona el sentido de un término con el fin de hacerlo verosímil y operativo: “desierto” es una denominación que sólo puede ser aceptada en el vocabulario político y económico de un enunciador que mira la inmensidad del territorio a medida que se interna en él. Manto semántico que falsea la descripción para establecer las condiciones de los procesos de apropiación del espacio, el significante “desierto” virtualiza la singularidad del territorio e invisibiliza a quienes la habitan, de modo de legitimar los términos y las condiciones de su dominio. Desde allí la vuelta, la inversión de un sintagma conocido en los estudios históricos argentinos, para determinar la relación entre espacio y proyecto político: es necesario inventar un imaginario del territorio que funcione eficazmente en la base de cualquier proyecto de nación. Desde el prólogo, Rodríguez precisa: “Los proyectos de lo que Tulio Halperin Donghi llamó una nación para el desierto argentino hubieran sido imposibles si previamente la imaginación política no hubiera hecho el acopio de un desierto para la nación: un bien territorial y textual no han dejado de repartirse desde su fundación, según violentos procesos de actualización”.
Si es posible pensar un relato polifónico que configure la escritura del vacío, ese relato empieza a principios del siglo XIX, con el fin del orden colonial y la necesidad de expansión que impone el avance de un capitalismo incipiente. En esos términos plantea Rodríguez el inicio del recorrido textual con el que reconstruye esta cartografía. Pero el “desierto” resiste las tecnologías de conocimiento y orientación para el observador a pie. La denominación remite a una topografía indócil, por momentos evanescente (cualquier inclemencia puede borrar y rediseñar su superficie) y por momentos viva (no se somete a la previsibilidad pasiva de la tierra disciplinada por mensuras y caminos). “Lisa como un mar, la pampa se mueve; cartografiarla es tan difícil como querer describir el principio de incertidumbre que a niveles invisibles agita una ola. Mientras que los ríos y canales desembocan en alguna forma de Estado, la pampa será ocupada por movimientos turbulentos que, a la manera de un fluido en expansión, afectan todos los puntos al mismo tiempo”, dice el autor avanzado el relato. Hay una confluencia singular entre una matriz teórica deleuziana y un saber ancestral como el del baqueano. Cada recorrido comienza cada vez, no necesariamente del final del punto anterior, se mueve siguiendo intensidades y aceptando desvíos allí donde surgen. La analogía se multiplica: en los agradecimientos Rodríguez multiplica como metáfora la descripción exacta de los que significa caminar una llanura viva. El libro, dice, “vuelve a pasar por lugares ya allanados por otros” y escribir consiste en “seguir una red de huellas” y revisar las líneas escritas que “alambran estas páginas”. Nos permitimos una licencia impertinente y arriesgamos continuar la analogía en una experiencia que adivinamos en el autor: quien haya caminado por las anchas playas de Monte Hermoso puede comprender de qué modo un recorrido repetido no produce nunca imágenes idénticas. El sol que sale y se pone siempre en el mar, la amplitud de la marea que varía con los vientos del sudeste y modifica la superficie de arena sobre la que se puede caminar, la presencia agazapada de “aguavivas”, supeditada a condiciones climáticas, hacen que los bañistas se vuelvan sensibles a la ausencia de referencias y a la experiencia del viento norte y la temperatura como baqueanos en traje de baño. Una imagen repetida y nunca idéntica que podría anticipar el paciente relevamiento de múltiples trayectos y diferentes dispositivos de mirada por un mismo espacio incógnito.
Como aquel mapa de Borges que calcaba la superficie real del territorio cartografiado, el “desierto” argentino se cubre con los documentos que le dan espesor histórico. El corpus con el que trabaja es heterogéneo y no se limita a la literatura argentina. La larga enumeración de materiales que introduce en el prólogo incluye libros de viaje, ficciones naturalistas, partes militares, informes topográficos, crónicas periodísticas, tratados diplomáticos, leyes territoriales, historias de vida, comentarios de costumbres, tasaciones, escrituras, cotizaciones, estadísticas, archivos judiciales, ensayos de interpretación nacional, poemas, leyendas y novelas. Sin embargo, aunque las conexiones se dan entre escrituras que ni siquiera son contemporáneas, hay un criterio que ordena el libro en función de dos operaciones complementarias: la invención del desierto donde había un espacio desconocido y la ocupación de ese desierto para la construcción de una nación. Ambas partes están separadas por un interludio en el que no se revisa ninguna escritura en particular, sino precisamente la oralidad que atraviesa la llanura. Compositivamente se puede leer un registro singular de la historiografía argentina en la sucesión de esas tres partes: hay un relato mítico del origen a partir de las miradas cientificistas y económicas de los viajeros y naturalistas en “Introducción al espacio”; una elegía de las voces que al acallarse se llevarían el valioso conocimiento experiencial y cuasi mágico de la inmensidad indómita en el “Interludio” y un relato histórico de batallas y apropiaciones en las voces de quienes impulsan o encabezan las campañas de conquista en “Un desierto para la Nación: poblar”.
Cada una de esas partes, a su vez, se organiza en capítulos que tienen como eje la perspectiva que establece aquel que puede mirar y contar. “Contar de cero”, dice Rodríguez , para iniciar la primera parte del libro: “Dicen que no había, al principio nada: desierto era ausencia de paisaje, tierra vacía de reflejos y de significaciones que no envía ni devuelv ninguna señal. Como si la tierra tomara de los mapas su falta de relieves y de accidentes, la llanura del Río de la Plata era una tabula rasa que estaba ahí, duplicando el blanco de los atlas, haciendo vacío en el vacío, fuera del tiempo, esperando que la historia – que una historia, una crónica, un trabajo de medición o un relato de viaje – se pusiera en marcha.” Salteando las ficciones de Borges o Saer sobre los primeros tiempos de españoles en estas tierras (“Fundación mítica de Buenos Aires”, de uno, y El entenado y “Paramnesia”, del otro), revisa otras ficciones que, a caballo de presupuestos científicos e intereses comerciales, vienen a reconfigurar las coordenadas desde la que se debía comprender lo visible. Alexander von Humboldt, Charles Darwin, William H. Hudson, Bruce Chatwin y Joseph Andrews son los ejes de cada uno de los apartados del capítulo. El viajero, el naturalista, el coleccionista y el agente de bolsa proporcionan no sólo las representaciones sino también las tecnologías sobre las que montar el dispositivo de mirada que busca construir un objeto cognoscible y apropiable. En su lectura cobran entidad las imágenes que se superponen, se entrecruzan y se chocan. Pero también se ponen de relevancia los métodos de observación, las técnicas de registro, los modos de representación de lo observado. El conocimiento de la pampa es revisado entonces en las inflexiones de un lenguaje que se multiplica en múltiples sentidos del descubrimiento y la apropiación, y que se desvía en las ficciones literarias que exploran una y otra vez los trazados con que se fue dibujando el desierto como un espacio multidimensional y dinámico. Los desvíos trascienden los límites temporales y geográficos que enfrentan a los viajeros, y esas imágenes de la búsqueda del conocimiento resuenan en novelas que van desde César Aira y Juan José Saer a Jules Verne y Joseph Conrad.
Poblar el espacio, la tercera parte del libro, pone en juego otros actores y otras tecnologías, vinculadas ahora con la mensura, el disciplinamiento y el usufructo de la tierra. Echeverría, Rosas, Sarmiento, José Hernández, Lucio V. Mansilla, Alfred Ébelot y Julio A. Roca son ahora los referentes de cada parte, que ya no remite a experiencias de conocimiento sino a etapas y actores del proceso de apropiación y dominio de la pampa. La cartografía que ahora dibuja el mapa ya no crece en espesor cognoscitivo sino en surcos, líneas defensivas y frentes de ataque: cortes en el horizonte, en la tierra, en los cuerpos; cortes en las relaciones entre los pueblos y las etnias, estallidos en la palabra comprometida reclamos y promesas de exterminio. La máquina que mira en esta parte la pampa es militar. Rodríguez revisa las miradas sobre el otro (el indio, el inmigrante al final), las acciones (la huida, el freno, el contraataque, el exterminio), la palabra que legitima esas acciones y los beneficios económicos para los que llevan adelante el avance sobre el desierto. La palabra de Rosas se pone en línea de continuidad con la de Sarmiento, Mitre y Roca y a la vez con la del geógrafo Moussy; el relato del escritor y militar Lucio V. Mansilla confluye con el pensamiento estratégico del ingeniero Ébelot; los acuerdos y sus violaciones confluyen entre Mansilla, Barros y Roca. El desierto ya no es naturaleza por conocer sino enemigos por controlar, primero, y exterminar después, para hacer uso de la tierra cuya potencia económica ya se había construido. Son menos los desvíos hacia producciones ficcionales no contemporáneas, porque la literatura, como se ha dicho en numerosas oportunidades, es una voz central que configura y legitima las inflexiones del proceso de constitución del Estado Nacional. Este relato, que se inicia con la huida de la cautiva de Echeverría en la década del 30 y finaliza con la figura de Roca descansando en las 180.000 hectáreas que le redituó la acción militar y política, inscribe otras variaciones en la escritura sobre la tierra, cuya superficie se rasga atravesada por palas, cables de telégrafo, pueblos, chacras, alambrados, Remingtons a repetición y muchos cadáveres. La tierra “inmensurable” y sin dueño finaliza con una pampa que ya no es más desierto, pues la cubren los vientos de la especulación y la producción del capital rural en la Argentina.
Salteamos el interludio porque nos seduce su potencia metafórica. Son apenas diez páginas en las que todo el reservorio de saber y poder del capitalismo occidental se pone en crisis. La pampa tenía una voz que la hablaba con las inflexiones de su indeterminación. “Escribir el desierto fue borrar del paisaje las huellas de los cuerpos fugitivos de la llanura. Porque en el medio de todo estaban los baqueanos y sus voces anónimas, impresas con una tinta invisible en las superficies vacías del género”, afirma Rodríguez para señalar la falla, la impotencia de la ciencia y la técnica modernas para comprender la pampa. Una vuelta sobre el pensamiento telúrico para plantearle conclusiones diferentes: en la mirada oblicua del baqueano, en su percepción multisensorial está la clave para pensar la historia ligada a la superficie infinita de la Pampa que está en la base de la historia de la Nación. Eslabón perdido en el relato, el baqueano escribía las coordenadas sobre la arena sin la preocuparse porque persista: formula y reformula infinitas variaciones de una superficie viva que habla cada vez de manera diferente. No hay documentos que fijen la voz del baqueano, que fuga hacia la ficción y se vuelve, luego, invisible.
En Hero, el guerrero escriba encuentra la variación desconocida del ideograma, la escribe con tinta roja sobre una tela de dimensiones extraordinarias, bailando sobre su superficie con una pluma gigante. Las flechas del ejército del rey de Qin riegan de sangre el monasterio mientras escribe. Cuando el héroe lleva la tela al rey de Qin, tras haber asesinado a los tres guerreros invencibles, le explica las sucesivas capas que supuso esa escritura. Entonces encuentra una decisión del rey: “Cuando yo domine todos los pueblos, no habrá más que una forma para escribirla”. Como un héroe de las bibliotecas, Fermín Rodríguez nos propone el camino inverso, desandando y multiplicando las formas de escribir ese desierto que resuena en el origen de la historia argentina.

(Actualización diciembre 2010- enero 2011/ BazarAmericano)

domingo, 24 de julho de 2016

El Centro del Infierno (H.A.Mureña)

 
El Centro del Infierno (H.A.Mureña)
T.

Está echado boca arriba, cubierto con una túnica de color rosa muy tenue, está inmóvil, el vientre desmesuradamente hinchado, sin duda a causa de la larga permanencia en la misma posición; mantiene los ojos casi siempre cerrados, pero al anochecer los abre, negros, con una chispa en el medio, de fijeza irreal increíble: un largo aprendizaje debe haber tras esa cautela que hace que no los desvíe hacia lado alguno. Porque el recinto en que yace se halla invadido por una bruma blanquecina y húmeda, a causa de la cual mana de toda cosa un abundante sudor frío y resulta imposible distinguir los confines del lugar; pero, no obstante, la bruma permite ver sombras que se mueven en torno al condenado, formas negras, más grandes que un hombre, a veces quietas, velludas, arañas, tarántulas gigantescas, se cree.

Con los ojos abiertos, con los ojos cerrados, bajo la escolta de sus negras compañeras, sueña, esto es, en su presente infinito —en esa condición desde la que por fin advierte que tanto tarda en caer a tierra el pétalo de una rosa como una existencia humana en transcurrir o una estrella en apagarse, en ese estado en el que comprende que todos los siglos pasados, presentes y futuros son una sola, efímera chispa—, vuelve a vivir, fantasiosa, terroríficamente, algunos de los instantes que ahora se agolpan en tropel contra él, pero que en este mundo, convertidos en actos o peligrosas larvas de actos, guardando una sucesión qu e parecía un orden, compusieron el fuego para su eternidad.

..
¿Qué es la humanidad, qué es el reino de otro mundo?, le dijo. Fantasías, fantasmas, vacuas generalidades. La humanidad soy yo, y aquél y aquel otro que te siguen, aquellos a quienes piensas abandonar a mano de los verdugos; el otro mundo más valdría que se hiciese sentir un poco aquí abajo. En cada oportunidad le lanzó una mirada excesivamente dura, acaso excesivamente tierna, le contestó con el silencio. ¿Será el Dios? Nunca lo creyó ni dejó de creerlo. Por lo demás, ¡tanto importa! Mientras esté en la Tierra como hombre, ese relámpago debe servir al hombre.

...

Clama, calla, vuelve a clamar, con una fuerza que haría estremecer las paredes, si esas paredes pudieran estremecerse. Después se reanuda el silencio. que parecería no haber sido interrumpido jamás.

Es que, otra vez, sueña, mientras las oscuras formas retoman su ronda, cede nuevamente a las llamas de su éxtasis.

Por fin, por fin entiende, estalla en su cerebro la luz prodigiosa, se multiplica en otros estallidos igualmente esclarecedores, después de tanta penuria de vida crasamente material, después de obedecer a ciegas en la noche de lo que no era fe sino credulidad, entiende.

sábado, 23 de julho de 2016

Guardando las diferencias y considerando mis particularidades...

Guardando las diferencias y considerando mis particularidades por mi afán de explotar las virtualidades del discurso fragmentario no totalizador, abierto resisto críticamente a la protección de un aura, sea la que sea : despliego el potencial de la escritura con una soltura notable, uno suceso concreto. Trata-se de un diario intempestivo, escrito con el ritmo de una crónica periodística, sin por ello ceder a la escritura instrumental de prensa, de breves ensayos que nos remiten a la escritura de Benjamin o que también pueden recordar las mitologías de Barthes. Hay una forma de resistencia que dota mis últimos textos de una contemporaneidad perturbadora y que hace de estes textos , textos hirientes y extremos, con la impronta de lo a punto de cumplirse que es, a su vez, una definición en continuo traslado de lo contemporáneo. Y más aún, de algo que profiere, en su lucidez abrupta, una marca abierta en el presente.

domingo, 3 de julho de 2016

Feliz daquele que pode contar com uma máquina de estratificação numérica da economia mundial.
O brilhante Lord K.M. é bem educado e fala com correção, distinção e entusiasmo. Sem exageros, sem intenção de diminuir. O que Lord K.M. nos diz, e o diz sempre tranquilamente, é que para ele é um alívio estar na Inglaterra.

K.M.
 
Mídia conservadora americana não tem capacidade intelectual de combater o Partido Democrata. Ignoram os conceitos mais básicos de uma guerra de idéias. Dentro de um mês terão enterrado a campanha do candidato republicano.

K.M.

NINGUÉM NUNCA FOI MAIS EXATO NA HISTÓRIA.

 
Pouparei a leitora dos meus comentários econômicos para não parecer que eu estou querendo humilhar alguém intelectualmente. NINGUÉM NUNCA FOI MAIS EXATO NA HISTÓRIA.

K.M.