-No vamos a poder saber de este modo –protestó lord de Winter, cuando
los tres amigos se hubieron identificado–, quiénes sois en realidad, nos
resulta imposible batirnos con quienes llevan semejantes nombres, que más bien
parecen apodos propios de un pastor.
-Debéis comprender, milord –intervino Athos–, que se trata de nombres
supuestos.
-Lo que no hace más que acrecentar nuestros deseos de conocer los
verdaderos –contestó el inglés.
-Sin embargo –objetó Athos–, no os privasteis de apostar contra nosotros
sin saberlo, ni sentisteis escrúpulos por ganarnos los caballos.
-Es cierto; pero sólo se trataba entonces de arriesgar algunos doblones,
mientras que ahora está en juego nuestra sangre. Uno puede jugar contra todo el
mundo, pero batirse únicamente con sus iguales.
-Me parece justo –admitió Athos.
Y se llevó aparte al inglés que debía batirse con él, enterándole en voz
baja de su auténtico nombre.
Porthos y Aramis hicieron lo mismo, por su parte.
-¿Os resulta suficiente? –le preguntó Athos a su adversario–. ¿Me
consideráis lo bastante noble para concederme el honor de cruzar nuestras
espadas?
-Desde luego, señor –contestó el inglés, inclinándose.
-Pues bien –replicó fríamente Athos–. ¿Queréis que os diga ahora otra
cosa?
-¿Cuál, señor?
-Que hubiera sido mucho mejor para vos no obligarme a que os revelara mi
verdadero nombre.
-¿Por qué razón?
-Porque se me cree muerto, porque tengo motivos para desear que nadie me
sepa con vida y porque para evitar que mi secreto sea divulgado, me veré
obligado ahora a mataros.
·
Alejandro Dumas, Los tres mosqueteros
Nenhum comentário:
Postar um comentário